martes, 26 de agosto de 2014

CRÓNICA DE UNA PALETA EN VIGO o NO SE ME ENFADEN LOS GALLEGOS

(Generalizo en apariencia pero en realidad estoy caricaturizando una experiencia personal y privada que entenderán mejor quienes la vivieron conmigo. No me refiero a toooooodos los gallegos, sería absurdo. Es decir, casi todo es pura coña, no se me enfade nadie, por favor, ni los protagonistas ni los aludidos.)


Recientemente he pasado unos días en Galicia, en los alrededores de Vigo. Unos amigos que viven allí de vender la cerveza que elaboran celebraban el aniversario de su fábrica (omitiré la marca por no implicarles en esta terrible historia) y sabido es que una fiesta sin mocho y mi alegría natural no es tal. De paso vi a clientes y a conocidos apreciados, y conocí a otros que lo serán a partir de ahora… apreciados digo, lo de clientes está por ver.
Aunque fue sustanciosa la visita, también fue demasiado breve para conocer en profundidad la verdadera idiosincrasia gallega, si existe, pero sí pude entrever algunos rasgos con los que componerme una idea general.
Intentaré poner por escrito las claves evitando la novela pero evitando también el reducir ab absurdo realidades muy complejas que son:
Galicia es mágica. Todo lo que se diga sobre la magia de Galicia es poco.
Y los gallegos son muy raros. Todo lo que se diga sobre la rareza de los gallegos es poco. ¡Y luego hablan de los romanos, por Tutatis!
Pero cómo no van a ser raros los gallegos… Para empezar, los coches que se venden en Galicia, al menos en la zona de Vigo, son distintos a los del resto del mundo: arrancan ya en 6okm/h y no tienen freno, sólo acelerador, lo cual resulta especialmente impresionante en una ciudad con calles estrechísimas y empinadísimas. Los intermitentes no vienen de serie, son un extra que casi nadie paga y como nadie sabe para qué sirven, los pocos que los tienen (algunos ni lo saben) tampoco los usan, ¿para qué?
Una muestra de la rareza gallega es que aun en esas circunstancias consideran obsequioso cederte el puesto de copiloto. Que sudes y estés macilenta no lo atribuyen al pánico sino al calor y bajan la ventanilla, aunque llueva.
No rezaba desde los 12 años y tuve que buscar el Padrenuestro en Google… (aunque fui a parar a unas páginas si cabe más aterradoras todavía… Flos Mariae… y a punto estuve de arrancarme los ojos...)
(Resumo brevemente una anécdota que lo atestigua: Llegamos a una intersección de 3 vías de doble sentido sin asfaltar. Tres coches enfrentados y no se mueve ninguno. Mi gallego se empieza poner nervioso porque no sabe hacia dónde quieren girar los otros, pasan los segundos y se cabrea: ‘Joder, a ver, idiota, ¿pa dónde vas?’ 
Temerosa de Dios le sugiero desde el asiento de atrás que ponga el intermitente para indicar sus intenciones y para que el resto lo haga por imitación, resolviendo así el embrollo.
‘¿Para qué? ¡Yo ya he mirado hacia donde quiero ir!’ ÓÒ)
Otra costumbre gallega, al menos de la zona de Vigo, muy curiosa relacionada también con la conducción es aparcar en la puerta. Da igual la puerta, da igual cómo sea o dónde esté la puerta. En-la-puerta. Que no haya aparcamiento ‘legal’ no tiene ninguna importancia; que no haya espacio físico real tiene una importancia relativa. ‘¿Molestar? ¿A quién? Ah, que corta el paso, dices…’  Siempre en-la-puerta. Por eso, a la puerta de donde hay muchos gallegos reunidos se condensa una cantidad de masa automovilística toda concentrada a tan altas densidades que se aproxima a la de un agujero negro cósmico. 300 coches gallegos en 6m2.
Los gallegos del común cohabitan con un tipo de gaviota mutante enorme y feroz y cagón sin límites. Se respetan entre ellos, los gallegos y las gaviotas, en una especie de pacto de no agresión mutua, pero las gaviotas no toleran a los forasteros… y yo lo soy. Prefiero no pormenorizar en esta parte de la historia. Necesito olvidar.

Volviendo a los gallegos…
Una noche fuimos a un bar. Hace tiempo que tengo cierta relación con el dueño y me hacía ilusión verle. Todavía no sé si a él también le alegró verme o no, no supe interpretar su expresión mientras bajaba o subía la escalera trayendo o llevando copas, no tengo nada claro.
Como gesto de bienvenida, mi conocido, no ceremonioso pero siempre cortés, me ofreció una cerveza… no, nada folklórico, nada de tradiciones ancestrales, filosofías enigmáticas o ritos místicos… era rusa y en lata. Imposible rehusar el agasajo sin ofender a mi anfitrión y, rodeada de gallegos, preferí mantenerme ignorante de cómo responden en Galicia a un desaire. Descartada la opción de pedir ayuda y con las gaviotas psicópatas hambrientas de mí aguardando fuera, no me quedaba otra que enfrentarme a la cervezova hospitalaria. Al ‘rusa y en lata’ añado 'de medio litro' y añado 'chunga'… chunguísima... muy, muy chunga…
Al salir, las gaviotas seguían allí pero yo ya no tenía miedo. Había cambiado. La cerveza me había hecho fuerte. También había ayudado el plataKo de quesos.
Ya por la noche, en la habitación, agotada, exhausta de tantas emociones de todo tipo… lavirgen!! Nunca había visto tantas patas y tan largas y tan peludas en un ser vivo… ¡de casi un palmo! Aquello no podía ser gallego porque lo habría visto en Un País en la Mochila o en El Hombre y la Tierra, aquello tenía que ser tropical al menos o muy probablemente extraterrestre y tenía una pintaza de venenosomortal aterradora. El multipatas alienígena y yo nos batimos en un duelo desigual por su superioridad numérica en miembros útiles. Pero yo, tras haber sobrevivido a recorrer todo Vigo varias veces en un autoloco, a la cerveza rusa y a las gaviotasRambo, estaba crecidita, tenía una moralaza…Bueno, vale, la verdad es que me puse a gritar y uno de mis amigos sacó el bicho asqueroso aquel de la habitación mientras yo pataleaba con mis únicas dos patas encerrada en el lavabo. Si es que con dos patas vale, pero los hay exageraos y venga patas y venga patas…

Los gallegos son tan raros que hasta los chinos adoptados son raros. En Galicia, al menos en la zona de Vigo, en los bazares chinos los juguetes sexuales y los juegues infantiles están juntos, y lo mismo compras un paquete de globos de cumpleaños que un consolador (y no es broma). Si es que no me extraña que sean 1.300.000.000, si es que no distinguen y luego pasa lo que pasa.

Los cafés con leche en Galicia son como los cortados humanos, pero ese desajuste es más lingüístico que de concepto y no supone un drama, basta saberlo. Lo que ocurre es que para poder tomarte un café con leche café-con-leche-normal tienes que entrar en muchos detalles, afinar, dar explicaciones y entonces te miran raro, así que acabas resignándote a tomarte un cortado humano que ellos llaman café con leche. Lo cierto es que esto me pasa siempre que salgo de Catalunya así que al final va a resultar que los raros con el café somos los catalanes.
Otra prueba más de la rareza de los gallegos:
Una noche me llevaron a un sitio fino, de esos de vinos caros a copas (tamaño pecera) y combinados con ensalada dentro (pepino, apio, tomate, lechuga, atún...). Llamadme paleta si queréis y acusadme de mirarlo todo a través de un prisma limitado, el prisma del paradigma de la 'normalidad' que es Barcelona, pero... que te pongan palomitas o mezcla de frutos secos o aceitunas es normal, pero un bol de macarrones con tomate... es raro.

Mi visita a Galicia me ha servido para muchas cosas, entre otras para erradicar falsos mitos y conceptos erróneos que tenía sobre ella: Por ejemplo, ¿qué es eso de que en Galicia siempre llueve? Eso no es cierto. Yo lo certifico. En Galicia no llueve siempre, siempre. No sé por las noches porque los cristales de la habitación eran buenos y no se oía nada pero doy fe de que, por ejemplo, el sábado de 17:09 a 17:23h no llovió. Eso sí, el sol no se atrevió a salir por si caía un chaparrón.

La fiesta aniversario fue muy chula: mucha asistencia, mucha cerveza, mucha música, muy buen ambiente, charla hasta las tantas… Lo mejor, sin duda, fueron los canapés, unos canapés de putamadre que no sé cómo había acabado preparando yo, que se suponía que iba de invitada. No sé.
Diré de pasada que salvé una vida, pero no quiero entrar en detalles de mi gesta heroica, que no tiene más mérito que el de poner en riesgo valerosa y desinteresadamente la mía propia. El sapo, agradecido, me dio conversación un rato y me dejó que lo fotografiara.
La fiesta fue un éxito, y el éxito, motivo de alegría, y más por las dudas albergadas anteriormente, porque cerca de allí se celebraba una supuesta feria cervecera y temíamos que los escasos aficionados a la cerveza de la zona se decidieran por ella. (Yo me ofrecí a dar un recital de poesía como atractivo para asegurar el tiro pero desestimaron mi propuesta, no saben apreciar a Gloria Fuertes. Rancios!).
El caso es que, sí, algunos de nuestros invitados fueron a la feria y algunos de la feria vinieron a nuestra fiesta y hubo, así, flujo e intercambio de asistentes, más animados cuanto más avanzada era la hora.
Yo no podía dejar de visitar la feria, por supuesto, quería hacer una prospección (los pequeños empresarios no dejamos de trabajar nunca) a ver si descubría producto interesante.
Y palláquemefui carretera adelante, cual peregrino a Santiago.
Aquello estaba lleno de perros que llevaban a los jipis sueltos… o al revés, no lo tengo claro, porque la atmósfera era muy ‘densa’ y pillé un colocón guapo nada más llegar. Los jipis o los perros o los dos fumaban Estrella Galicia y bebían porros a morro.
Bieeeeeen… esto promete.
Una feria de cerveza artesana de unos cuarenta expositores de ceniceros, bisutería de chapa, bollos preñados, abalorios, bragas de esparto, gorros de lana, quesos, tirachinas, vestidos tipo peruano, trenzas de colores, colgantes de hueso, bombachos, monederos hechos con periódicos, camisetas con muchos dibujos, mijitas de madera, pulseras de cuero, etc y tres de cerveza artesana.
Otro motivo por el que pienso que los gallegos son raros es porque llaman feria de cerveza artesana a una feria de artículos de artesanía con una miaja de cerveza artesana y Estrella Galicia, pero seguramente a mí me falta perspectiva, acostumbrada a Mediona, Birrasana o el BBF, porque no creo que pusieran Feria de la Cerveza Artesana solo como reclamo para poder vender pulseras, bollos preñados y Estrella Galicia, ¿no? (Aclaro que no me indagué y no vi el puesto en el que se dispensaba la Estrella Galicia, quizá se la habían traído de casa en una nevera, aunque tampoco vi la nevera. Lo que sí vi son enormes vasos de algo que parecía calimotxo.)
Más rarezas de los gallegos: cuando pregunté a un miembro de la organización por los lavabos me enviaron a mear detrás a un árbol. Ojo, igual es que en Barcelona somos muy pijos, pero eso aquí es impensable… ni mejor ni peor, impensable sin más.
Eso sí, el escenario, inigualable, de cuento de meigas buenas, con su iglesita, sus piedras meigantiguas, su cruceiro, su cementerio lleno de nichos y tumbas y cruces y gente merendando... Increíble, en serio. Me puse morada de efluvios porriles, cerveza artesana y de hacer fotos. Y me comí un bollo preñado de esos chorreantes y aceitosos de chorizo que me supo a gloria.
Sobre las cervezas: He de decir que las birras artesanas que probé, todas de la zona, no estaban nada mal, al contrario. Me gustó mucho la actitud de una chica que me atendió, me dio buen rollo; no hizo nada especial, simplemente me trató con consideración: le pregunté por el estilo y respondió sin ampulosidades y sin tratarme como a una absoluta ignorante en materia cervecil. Para mí las sonrisas no son tan importantes, como sabe quien me conoce.
De las cuatro artesanas que probé, una olía y sabía a leche cortada o queso. No me sorprendió.A las ferias no-específicamente cerveceras (y esta no lo era por mucho que se empeñase la publicidad) no van sabelotodos de blogs ni supuestos expertos cerveceros vanidosos ni tenderos fatuos ni distribuidores engreídos ni maestros cerveceros de postín… va gente sin demasiada idea y algunos productores aprovechan para dar salida a producto algo defectuoso. Lo entiendo y no crucificaría a nadie por ello: Hacer cerveza es caro y si no está demasiado mala y nadie se da cuenta pues…
El sosiego y el alcohol me revelaron que estas reflexiones mías se basaban en la presunción de que el muchacho que me había atendido sabía que la cerveza tenía ‘bicho’. ¿Y si no era así?
Para mí no es plato de gusto hacer este tipo de cosas, consciente de mis carencias: Yo no respondo al arquetipo de bloguero o experto cervecero o tendero o distribuidor o Maestro Cervecero guay y presuntuoso porque, para empezar, soy mujer y se presupone que no sé una mierda de cerveza, además soy más bien menudita y más bien apocada y más bien feúcha y sin presencia y extremadamente tímida y calzo deportivas y pantalones cortos y descuido algo mi aspecto; para continuar porque no soy presuntuosa (soy la mejor en todo pero eso no es presunción sino realidad); y para acabar porque no soy nada guay, y no se me toma en serio ni cuando se me conoce. Sin embargo me impuse la obligación y aproveché que el cervecero estaba solo para decirle muy bajito (tanto que tuve que repetirlo varias veces) lo que sospechaba. El chico me respondió con cara de ‘je, mírala ella, como si supiera’. ‘Créeme, hoy es muy leve pero esto en 3 días no se puede beber’. Me dedicó otra mirada similar. No entraré en detalles pero fue una situación bastante violenta y me fui. Quizá fue un malentendido, quizá, y hasta es posible que la cerveza no estuviera contaminada, es posible... pero esa no es la actitud, no.
Por el placer de la especulación fantaseo con qué habría ocurrido de haber tenido yo otra reacción y otro aspecto, así, con 15 centímetros más hacia arriba y otros tantos hacia abajo y/o sombrero y/o barba.

(Insisto: no se me enfade nadie, por favor. Estuve la mar de a gusto y pienso volver… cuando os hayan quitado a todos los puntos del carné.)


***
Había prometido dos perlaKas, ahí van.

PerlaKa 1
Oído en la tienda desde mi silla, ya sabéis, al fondo a la derecha:
¡¡HOSTIA, CUÁNTA CERVEZA… QUÉ PASADA, JODER… HOSTIA… HUAAAAAAAAAAALA… QUÉ PASADA… QUÉ MONTÓN DE CERVEZAS… HAY MOGOLLÓN, JODER, JOOOOOOOOOOOOOOODEEEEEEEEEEEEEEEER, HOSTIA, QUÉ PASADA… ESTO PARECE CARREFOUR!!!


PerlaKa 2
En el contexto de una entrevista a un elaborador con motivo del lanzamiento de un producto nuevo:
-Oye, ¿no podríamos usar un sinónimo o algo? Es que ‘lúpulo’ es una palabra muy rara.
Desde luego los periodistas no son como antes, que se documentaban (lo sé por las pelis), y eso que ahora tienen internete…

***

Y aprovecho que esta entrada tiene y va a tener muchas visitas para una pequeña reivindicación:

Tendrías que haberlo dicho, tendrías que haberte mojado, que no quedase ninguna duda, aunque fuera por una vez. Tu discurso me ha sonado a: '¿Yooooo??? Pero si yo tengo amigos gays!'
Creo que te amparas en la indefinición.

Han faltado las palabras y no solo por una cuestión formal.

Sandra, tú vives en Madrid, Primer Mundo y una capital, y vives de la tele, es decir, Jauja (no digo que no lo merezcas, es muy distinto), pero el resto no. Al resto nos insultan por la calle. Y todavía hay quien cree que las lesbianas queremos ser hombres y meamos de pie. Ser homosexual no debería ser noticia, no, pero de momento es bueno que lo sea porque hay quien todavía tiene que ocultarlo.
Entiendo tu filosofía pero temo que tú no entiendas mi practicidad. Recuerda que las mujeres y los homosexuales partimos de una situación de desventaja, más cuando se dan las dos circunstancias, que sí hace necesaria, desgraciada y espero que temporalmente, la discriminación en positivo. Cuando partamos de lo 'normalizado' volvemos a negociar. Por ahora es necesario cualquier empujoncito. 
Sería bueno, créeme.

martes, 5 de agosto de 2014

5 AÑITOS YA o DEL DICHO AL MOCHO o MUCHOS AÑOS DESPUÉS o AL FINAL SOLO ES CERVEZA



Demetrio, los mosquitos y las obras del bar (ha quedado muy bonito, aunque esté feo que yo lo diga) me han absorbido tanto que se me pasó la efeméride: En julio el blog cumplió 5 añitos. Si parece que fue ayer... Andar no sé si alguna vez lo hará pero cualquier día me da dos hostias por descuidarlo tanto y por algunos sofocones que nos hemos llevado por mi culpa.
Empecé en Sevilla, lo recuerdo, estaba descansando unos días y tuve un apretón espiritual: necesitaba compartir mis reflexiones en torno a la actividad de vender cerveza. Ya me dirás, tonta de mí, ni que tuviera algún interés. Cambié el limonero del patio por un pc y una Cruzcampo y me puse a darle a la tecla, impelida por un delirio misionero. Como me falta disciplina (a veces la llamo tiempo), creí que lo dejaría pronto, igual que tantas otras cosas, pero fíjate que llevo ya 5 años y 254 entradas, sin contar esta.
El ‘panorama’ ha cambiado mucho desde entonces, ¡tanto que parece otro!

Qué tiempos. Empezábamos a desengancharnos de las belgas y nos dejábamos invadir por los yanquis a lo Mr. Marshall. Cuatro eran las ferias importantes: Mediona, Jafre y otras dos que no recuerdo. Montseny era CCM, Rosita estaba en todos los súper, todavía disfrutábamos de las Unibroue, los 'grandes' empezaban a mirarnos de reojo, la Sang de Gossa era homebrew y Adrià ya daba por culo con su Inedit. Con 10 cervezas distintas que probaras, eras sumiller; si habías hecho 3 veces cerveza en casa, aun con jarabe, Maestro Cervecero (cosas de la Logia que no han cambiado mucho, eso es lo cierto). Las levaduras eran todas 0 algo y secas y siempre en sobrecito de 11,5g. Tiendas en Barcelona, 4 contando la nuestra, en el resto de España incluso menos. La segunda pregunta que nos hacían a María y a mí era, invariablemente, qué hacían dos chicas vendiendo cerveza; actualmente ya es la tercera, hemos mejorado. Vivíamos sin Mikkeller, sin Naparbier, sin BBF y no mirábamos todavía la fecha de envasado sino la de caducidad, aunque parezca mentira. Las contaminaciones siempre eran acéticas. Blogs había unos cuantos, uno de copia-pega y el resto de reseñas de viajes y catas. Los lúpulos buenos eran todos americanos (del norte, los otros no existen), los barriles eran retornables y aKí sólo se hacían cutres Pale Ale para todos los públicos. Pagábamos sin chistar lo que nos pidieran por una buena birra, no nos hacíamos selfies ni existía Untappd. Sin embargo, otras cosas apenas han cambiado: Steve y los coleccionistas. Yo era igual de torpe que ahora, un poco más ingenua y todavía creía que Tripel era 3Xfermentación.
Por aquel entonces yo ya me había granjeado muchas simpatías en un sector proteccionista al cual le costaba aceptar la pérdida de la centralización, por llamarlo de algún modo, una especie de ‘casta’ (Anónima se me volverá a enfadar) pero con IBU’s que no te perdonaba que no les compraras a ellos (¡¡dos mujeres!!) porque no entendían que la competencia es el motor de cualquier sector y que gracias a ella, a medio plazo, habríamos de ganar todos. Toma frase.

Las cosas han cambiado mucho, sí. Ahora vuelan tantos puñales que hemos hecho callo. Yo decidí ponerme un mocho en la cabeza y reírme más que antes.

Ni el blog ni su trayectoria merecen un análisis ni siquiera en su onomástica porque, aunque a mí me ha ayudado a pensar y a entender, acertadamente o no, sobre la cerveza y otros muchos asuntos, me ha servido también de desahogo y algunos os habéis echado unas risas conmigo, no ha ayudado a mejorar el mundo. Sólo es cerveza y yo ni siquiera eso.
* * *

¿Por qué os da a todos ahora por hacer Saison? Pero si no se venden!

* * *
Oído hoy: Tras varios minutos de explicaciones e indicaciones y sugerencias… 
¿Y entonces todas las cervezas de barril que tenéis son de Moritz? 
Diego a veces no se explica del todo bien pero…

viernes, 1 de agosto de 2014

A VECES NO ES SÓLO CERVEZA o LOS AÑOS CONSTRUYEN UN REFUGIO o NOS ESTAMOS VOLVIENDO MAJARETAS o CON ESTA MIERDA DE TÍTULO NO LO VA A LEER NADIE



No hay tregua. Sí, es posible que la dinámica competitiva del día a día me haya deshumanizado un poco, estoy dispuesta a admitirlo, aunque nada serio. Y más que mi propia competitividad ha sido el socavo de la desilusión. 
La presión a veces empequeñece lo importante y pierdes de vista lo esencial. Las necesidades sentimentales se convierten en molestias periféricas que no deben distraerte; y es entonces, aunque creas lo contrario, cuando más vulnerable eres. Una paradoja, ya lo ves.
De pronto, la vida te coge de una oreja (a mí siempre de la izquierda) y te sacude, y te devuelve a tu lugar en el mundo, te recuerda quién eres y qué haces, te recuerda que estás con personas y que tú misma, aunque quieras escaparte a menudo, lo eres también.

Lo cuento con mucho reparo y, como no quiero que una búsqueda fortuita de Google violente al protagonista, omitiré los datos más identificativos.

Una mañana laboral, tantos de julio. Suena el teléfono y respondo.
Por la voz el hombre debe de rondar los 60 años. Habla despacio. Le cuesta ponerse en situación, yo empiezo a impacientarme pero al final se arranca. Me pregunta por una marca concreta de cerveza. Le pregunto que cuál de sus cinco variedades quiere temiendo ya una mañana en blanco, 'con el trabajo que tengo, ufffff...' Me responde que las quiere todas. Me faltan dos variedades, ‘lo siento, normalmente las tengo todas, es una marca que trabajo mucho, pero ahora mismo no hay ni en la fábrica’, y le enumero las que me quedan disponibles. ‘Da igual, no importa. De esas tres está bien.’ Me doy cuenta de que no sabe qué está comprando o que le da lo mismo y eso me irrita un poco (orgullo profesional mal entendido, supongo). Entonces pienso que igual es un ‘profesional’ con clientela fiel a la marca que se lleva lo que sea. También me parece que está un poco nervioso o ansioso o algo.
A partir de aquí la conversación se extravía por los vericuetos de la dificultad del aparcamiento en la zona y, en general, en toda Barcelona, y en laberintos retóricos en los cuales mi faceta comercial, que trata de concretar la compra averiguando con sutileza cuántas unidades quiere, entra en conflicto con mi faceta humana, que empatiza con el hombre. No veo el momento ni el modo de contener su verborragia sin brusquedades. Me explica que vive lejos (en realidad no tanto, lo cual me hace pensar que no sale mucho del pueblo), que viene a Barna a hacer una visita y que, aunque está en la otra punta, pasará por aquí a recoger las cervezas; que la anterior ocasión tuvo muchos problemas para aparcar… Algo me dice que no me lo cuenta como una banalidad, no, y como en realidad tanta prisa no tengo ni me espera nadie, le dejo hablar, contraviniendo mi natural cruel. El hombre, no sé por qué, me ha tocado alguna fibrilla sensible. Es evidente que necesita desahogarse.
Ahora por la voz parece notablemente mayor que antes, sin embargo sé que es algo más joven de lo que pensé al principio.
Me vuelve a preguntar cómo está el aparcamiento en la zona, que la última vez que vinier… vino estaba fatal, que si hay algún párquing cerca, que recuerda que dier… dio vueltas y vueltas buscando un sitio. Le hablo, como opción B, de la rampa del taller mecánico de enfrente, que ha cerrado definitivamente, pero no le convence. Tan agobiado le noto que le propongo el plan C, ya sabéis: dime qué quieres, te lo preparo, te hago la cuenta, vienes con el dinero justo, te paras en doble fila y te ayudamos a cargar los bultos en el coche a la carrera, una operación limpia y sin riesgos si nos sincronizamos, salvo el día que yo me esmorro porque meto el pie en el hueco del árbol. Esta opción parece aliviarle algo pero no lo suficiente para quitarle la ansiedad. Sigue hablando y hablando; a medida que lo hace, parece más cansado.
Me dice que se llama Menganito, que me llamará un rato antes de venir para saber el importe exacto por no entretenerse con el cambio (se lo diría ahora pero me pilla que no tengo el ordenador disponible), que cuando llame se identificará con el santo y seña ‘Menganito, el de las cervezas Tal, ya sabes, el que viene del pueblo Cual, que quiero saber cuánto sube la cuenta para traer el dinero justo’; acordamos también que dejará el coche en doble fila y que al entrar se identificará con ‘Soy Menganito de pueblo Cual y vengo a por las cervezas Tal’… Lo dejamos todo atado y bien atado, todo bajo control salvo un detalle:
-Oye, para saber el total tengo que saber cuántas botellas quieres…
-Ah, sí, claro… ¿de cuánto son las cajas?
-No importa, puedes comprar las unidades que quieras… 1, 4, 8… no tienes que comprar una caja…
-Pues doce estará bien.
No hay duda, es un profesional y las quiere para su tienda o bar, aunque me sorprende que no pregunte el precio.
-Ok. Doce de cada. Querrás factura, supongo. Me tienes que dar los datos.
-¿Factura? No, no… soy un particular… las cervezas son para mí…
Dejo que se sienta invitado a darme más explicaciones, total, ya he perdido media mañana, qué más da la otra mitad:
-Es una compra particular, esas cervezas son para mí, por motivos sentimentales…
Le tiembla la voz y no sé si es mejor interrumpirle o dejarle soltar presión.
-Es que esa cerveza se hace en… bueno, en un pueblo que es el pueblo de mi madre y… (Aquí siento esa vulnerabilidad de la que hablaba al principio.) me compro esas cervezas porque me acuerdo de ella cuando las bebo y así no la echo tanto de menos.
Aquí se hace el silencio: el hombre está llorando y yo estoy que no acierto a decir nada. Me fallan todos los reflejos sociales. 
El hombre intenta disculparse pero no puede. Yo tampoco. Le oigo llorar al otro lado del teléfono. Pasan varios segundos. Ninguno de los dos dice nada. Parece que va recomponiéndose. Pasan algunos segundos más.
Como ni nada hubiera pasado:
-Oye, perdona... ¿con quién he hablado? ¿Cómo te llamas?
-Susana, yo soy Susana...
-Encantado, Susana, yo me llamo Menganito. ¿Estarás tú cuando vaya?
-Seguramente...
-Pero...
-No te preocupes, lo dejaré todo preparado e indicado por si no estoy. Estarán esperándote.

A la mañana siguiente llama para saber el importe.


Cuando escribo esto ya ha recogido las cervezas pero no hemos coincidido, he hecho para que fuera así.

Sí, por supuesto que la cerveza es solo eso, cerveza, no quiero pontificar ningún tipo de poesía, pero es también todo lo demás que es, como cualquier cosa.
Me siento un poquito más persona. 



***

Sí, creo que nos estamos volviendo majaretas también con el tema del ‘frescor’ en las cervezas… No digo que no sea importante, digo que nos estamos volviendo majaretas. 
Fíjate si me parece importante que yo también soy partidaria de 'fecha de envasado' y cada uno que decida qué, aunque eso me complique extremadamente la vida y nos vuelva, si cabe, más majaretas.
También creo que con esa supuesta necesidad de frescor se intenta tapar muchas cosas.Lo ideal sería que la cerveza 'aguante' aunque sea un poquito, ¿no?, si no, ¿para qué se mete en una botella?